1 El amor y la muerte, dos espacios que se tocan, se repelen, se congracian y a veces son lo mismo desde el silencio, desde la espera, desde el luto que entrañan el desgarramiento, el vértigo de la ausencia, la “ansiedad y derrota/ antes de abrir los ojos”. El lector, sujeto a estos Daños espirituales de Cecilia Ortiz (bid & co. editor c.a., Caracas 2006), lee y revisa con aprehensión el amor que contiene este poemario. La muerte, por otro lado, esgrime su defensa desde cualquier esquina de los versos, toda vez que se trata de una elegía en la que caben todos los muertos, incluyendo al que abre el libro y se inclina sobre su propio rostro frío y maquillado para la eternidad. El amor extraviado, sonámbulo llega a la muerte, lugar adonde entran y salen los efectos causados por el primero. Es voz pública: se ama para morir. O, en el mejor de los casos, quien ama o busca amar se acerca a la eternidad, a la muerte, al silencio. El amor toca la puerta de la muerte. Ambos, pérdidas o ganancias, promueven